16 de junio de 2018. Saransk. Rusia. Y un país entero volviendo a respirar después de 36 años bajo el agua.
Perú regresaba a un Mundial con la emoción acumulada de varias generaciones. Habían pasado más de tres décadas desde España 1982 y la espera pesaba como una mochila llena de historias repetidas. En las tribunas, miles de peruanos cantaban como si quisieran despertar a los fantasmas del tiempo. En la cancha, los dirigidos por Ricardo Gareca jugaron como si el miedo no existiera.

Pero el fútbol, a veces, tiene la crueldad de los cuentos tristes.
Perú dominó, atacó y empujó. Christian Cueva tuvo en sus pies el grito de gol que todo un país aguardaba cuando el VAR confirmó un penal antes del descanso. El disparo se fue por encima del travesaño y, por un instante, el silencio fue más fuerte que los cánticos.

Dinamarca resistió. Y cuando parecía acorralada, encontró el golpe perfecto: una contra culminada por Yussuf Poulsen para el 1-0. Perú siguió insistiendo, generó ocasiones y mereció mucho más, pero el arco danés parecía protegido por una fuerza invisible.
En el segundo tiempo apareció Paolo Guerrero, símbolo de una selección que había luchado incluso fuera de la cancha para llegar hasta allí. Rozó el empate, contagió rebeldía, pero el tiempo no alcanzó.
Ocho años después, aquella derrota sigue doliendo. No porque Perú jugó mal. Duele precisamente por lo contrario: porque jugó para ganar, porque fue mejor y porque el fútbol, ese día, eligió no ser justo.

Aquella tarde en Saransk dejó una de las imágenes más extrañas de nuestra historia deportiva: un equipo que perdió, pero salió ovacionado; una selección derrotada que hizo sentir orgulloso a todo un país. Perú volvía a un Mundial y, aunque el marcador decía otra cosa, también volvía a recordarle al mundo quién era. A veces el fútbol se mide en goles. Otras veces, en lágrimas. Y aquel 16 de junio de 2018 tuvo un poco de ambas.
Y quizá por eso duele todavía más. Porque aquella emoción irrepetible no volvió a visitarnos. Perú no logró clasificar al Mundial de 2022 y tampoco está presente en la Copa del Mundo 2026 que hoy se disputa. Han pasado ocho años desde aquella tarde en Saransk y seguimos mirando el Mundial desde lejos, recordando lo que sentimos cuando el himno volvió a sonar en la máxima cita del fútbol.

Tal vez por eso ese Perú de Gareca permanece tan vivo en la memoria colectiva: porque representó mucho más que una clasificación. Fue la prueba de que los sueños imposibles también pueden cumplirse. Y aunque la nostalgia apriete, queda la esperanza. Porque si una generación fue capaz de romper una ausencia de 36 años, otra podrá devolvernos algún día a ese lugar donde pertenecemos.
Ojalá el próximo recuerdo mundialista no sea una evocación del pasado, sino el anuncio de un nuevo comienzo.
