Esta semana se cumplió un nuevo aniversario de lo que muchos consideran la mayor sorpresa en la historia del boxeo: la victoria de James “Buster” Douglas sobre el temible Mike Tyson. Las apuestas eran abrumadoramente desfavorables para el retador: pagaban 49 a 1 si lograba la hazaña. En otras palabras, casi nadie creía posible el milagro.
El récord de Tyson imponía respeto y miedo. Había ganado sus 37 combates profesionales y solo cuatro rivales habían logrado llegar hasta el final ante el discípulo predilecto del legendario Cus D’Amato. “Iron” Mike parecía invencible, una fuerza devastadora que demolía todo lo que encontraba en el ring.
Antes del combate en Japón, Tyson venía de aplastar a figuras consagradas como Michael Spinks, a quien noqueó en apenas 91 segundos, y a Larry Holmes, que visitó la lona tres veces antes de caer por nocaut. Douglas, en cambio, no exhibía un historial intimidante: acumulaba cuatro derrotas en treinta peleas y no figuraba en el radar como una amenaza real para el campeón.
Sin embargo, aquella noche en Tokio se alinearon varios factores. Tyson subestimó a su rival y no se preparó con la disciplina que lo había caracterizado en sus primeros años. Desde la muerte de D’Amato, su mentor y figura paterna, su dedicación en el gimnasio ya no era la misma. A ese golpe emocional se sumaba su turbulento divorcio de la actriz Robin Givens, un episodio que impactó profundamente en su estabilidad personal. Tyson llegaba como campeón, pero no como el guerrero implacable de otras épocas.
Aun así, su poder seguía intacto. En el octavo asalto, cuando Douglas dominaba las acciones, Tyson conectó un uppercut brutal que envió al retador a la lona. Parecía el desenlace anunciado. Sin embargo, Douglas logró reincorporarse tras una cuenta polémica —estuvo más de diez segundos en el suelo— y continuó la pelea. Dos rounds más tarde, el mundo presenció lo impensado: Douglas derribó a Tyson y lo noqueó. El mito se desmoronaba ante la incredulidad global.
El boxeo conoce hazañas memorables, como la de Muhammad Ali ante George Foreman en Zaire o la de James Braddock frente a Max Baer, pero pocas generaron una conmoción semejante. La diferencia radicaba en la percepción previa: se creía que Tyson resolvería la pelea en minutos. En cambio, fue él quien terminó derrotado.
La historia tuvo un epílogo breve. En su primera defensa del título, un Douglas mal preparado y ya millonario perdió la corona y buena parte de su prestigio frente a Evander Holyfield. Pero aquella noche en Japón quedó grabada para siempre: el día en que el invencible dejó de serlo.
