El Barcelona volvió a marcar la diferencia. Fue más que el Real Madrid, manejó los tiempos del partido y se quedó con la Supercopa de España, estirando una racha favorable en los clásicos de los últimos años. No necesitó un dominio abrumador, le alcanzó con orden, control y un Raphinha decisivo ante un rival que apostó al repliegue. La eficacia hizo el resto y terminó siendo una final con un desenlace lógico.
El plan de Xabi Alonso tuvo sentido por momentos y parecía estar bien encaminado. El partido se jugó como una partida de ajedrez, con un Madrid que encontró aire en una ráfaga de goles sobre el cierre del primer tiempo. Pero el libreto se rompió con los tantos de Raphinha y Lewandowski. Desde ahí, el equipo blanco se sostuvo a partir de la jerarquía individual de Vinicius, hacía tiempo que no ofrecía un nivel tan alto, y de la pelota parada, recursos que le permitieron seguir en partido aun sabiendo que era inferior.
La diferencia volvió a notarse cuando se movieron los bancos. El Barça tuvo una marcha más con los ingresos de Olmo y Ferran, que le aportaron frescura y soluciones. Del lado del Madrid, el mérito pasó por levantarse pese a los cambios obligados y terminar generando dos chances muy claras que pudieron haberle dado otro final a la historia. Para el contexto del que viene, el crecimiento es innegable.
Incluso en el cierre, el equipo culé mantuvo la claridad de ideas. Aun con uno menos por la expulsión de Frenkie de Jong a los 91 minutos, sostuvo el orden y encontró en Joan García una garantía. El arquero respondió con enorme seguridad ante dos remates dentro del área, de Carreras y Asencio, y ratificó un nivel de temporada altísimo: el Barcelona tiene un verdadero seguro de vida bajo los tres palos.
Al Real Madrid no le alcanzó, pero nunca dejó de estar vivo. Se levantó dos veces y, pese a las limitaciones físicas y futbolísticas evidentes, empieza a mostrar avances colectivos. De todos modos, siguen siendo difíciles de explicar las salidas de Valverde y Vinicius, justo en una noche en la que el brasileño tenía ganas de jugar.
