El arranque de Racing estuvo lejos de lo esperado y dejó más dudas que verdades. En la primera fecha, y con un clima de ilusión previo, el equipo mostró una versión deslucida, con bajos rendimientos colectivos y sin respuestas futbolísticas. En todas las líneas quedó en evidencia la superioridad de un Gimnasia que supo cómo jugar el partido: lastimó cuando atacó, se replegó con criterio cuando tuvo ventaja y explotó los espacios con transiciones rápidas. Antes del descanso, el Lobo tuvo incluso dos chances claras para ampliar la diferencia.
La Academia nunca logró hacerse del control del juego. Careció de ideas, fue imprecisa con la pelota y no encontró soluciones desde lo individual, en una noche en la que nada funcionó.
El reconocimiento es para el equipo de Zaniratto, sostenido desde el equilibrio de Steimbach y la irrupción del pibe Barros Schelotto, autor de un gol olímpico para el recuerdo y protagonista en el manejo del mediocampo. En el inicio del complemento, Gimnasia volvió a golpear: Franco Torres empujó la pelota en el área chica ante la pasividad defensiva de Racing y estiró el resultado.
Otra vez Martirena quedó bajo la lupa, y el ingreso de Rubio expuso la falta de competencia interna en ese sector. Carboni tuvo un partido difícil de analizar, condicionado por una posición incómoda, demasiado abierto sobre la derecha; aun así, contó con un remate en el segundo tiempo. Matko Miljevic tuvo mayor contacto con la pelota, destacándose más por su entrega y sacrificio que por su influencia en el juego.
En ofensiva, Vergara volvió al nivel mostrado en sus primeros partidos, mientras que Maravilla volvió a aparecer aislado, sin socios, lo que vuelve a poner sobre la mesa la urgencia por la llegada del chileno Damián Pizarro.
La falta de ritmo puede encontrar explicación en la poca cantidad de amistosos durante la pretemporada, una decisión que ya había sido cuestionada dentro de la planificación elegida por Costas.
