La ilusión de Ecuador en el Mundial 2026 quedó seriamente golpeada. El empate sin goles frente a Curazao dejó, además de un solo punto en la tabla, la sensación de una oportunidad desperdiciada en el momento menos indicado. Después de la derrota en el debut, la victoria era una necesidad y la Tricolor nunca encontró el camino para convertir esa obligación en realidad.
El equipo de Sebastián Beccacece asumió el protagonismo desde el inicio, controló la posesión, atacó por las bandas y acumuló situaciones de peligro. Sin embargo, el dominio volvió a quedarse corto frente a un rival que resistió con orden y que encontró en el arquero Eloy Room a la gran figura de la noche. Sus intervenciones sostuvieron el empate y terminaron por frustrar a una selección ecuatoriana que remató una y otra vez sin encontrar premio.
Pero sería simplista atribuir todo al desempeño del guardameta rival. Ecuador volvió a evidenciar dificultades para resolver en el último tercio del campo. Cuando el partido exigía tranquilidad, aparecieron las imprecisiones, las decisiones apresuradas y la ansiedad propia de un equipo que entendía que el margen de error ya era mínimo.
El empate sabe a derrota porque obliga a mirar la última jornada con una calculadora en la mano. Alemania será el último obstáculo y, además de conseguir un resultado de enorme magnitud, Ecuador dependerá de lo que ocurra en el otro encuentro del grupo para mantener viva la esperanza de avanzar.
La clasificación todavía no es imposible, pero sí mucho más lejana. El fútbol suele premiar a quienes insisten hasta el final, aunque también recuerda que las oportunidades desaprovechadas pesan más cuando el camino comienza a estrecharse. Hoy Ecuador sigue con vida, pero su destino ya no transita por una avenida amplia, sino por un sendero angosto donde cada paso exige una precisión absoluta, una virtud que hasta ahora el equipo no ha sabido encontrar.
