Cristiano Ronaldo llega al Mundial como llegan las leyendas al final de una larga travesía: con menos tiempo por delante, pero con el mismo hambre de siempre.
Este miércoles, cuando Portugal debute ante República Democrática del Congo, el mundo volverá a ver una imagen que parecía imposible hace dos décadas: Ronaldo disputando su sexto Mundial. Ningún futbolista había llegado tan lejos. A sus 41 años, el portugués pisa el escenario más grande del fútbol sabiendo que, probablemente, esta sea su última oportunidad de conquistar el único trofeo que aún falta en una vitrina que parece infinita.

Ganó cinco Champions League, cinco Balones de Oro y ligas en Inglaterra, España e Italia. Levantó la Eurocopa 2016, el título más importante en la historia de Portugal, y también dos UEFA Nations League. Es el máximo goleador de selecciones nacionales y uno de los futbolistas más determinantes que ha conocido este deporte.
Sin embargo, el Mundial sigue siendo esa cima que siempre observó desde abajo.
Muchos creen que los años en Arabia Saudita lo alejaron de la élite. Pero los Mundiales tienen una extraña capacidad para transformar a los elegidos. Durante un mes, el contexto desaparece. La edad pesa menos. La historia empuja más. Y pocos jugadores han demostrado una relación tan obsesiva con la grandeza como Cristiano Ronaldo.

Portugal llega con una generación brillante y madura. Bruno Fernandes, Bernardo Silva, Vitinha y João Neves forman una selección capaz de competir contra cualquiera. Pero el relato inevitable sigue girando alrededor de su capitán.
Porque este Mundial no trata solamente de ganar partidos. Trata de una última búsqueda: la de un hombre que ya conquistó casi todo y que todavía corre detrás de un sueño. El último. El más grande de todos.
