Qué manera de bajarnos de la nube. Pasar de la euforia del debut a este pálido 0-0 contra Ghana en el Gillette Stadium es el perfecto cable a tierra que nadie quería. Inglaterra tuvo casi el 80% de la posesión y registró 19 remates frente a solo dos del rival, pero la realidad es cruda: fueron los reyes de la intrascendencia.
El planteamiento de Carlos Queiroz fue un absoluto dolor de muelas. Ghana plantó un bloque bajo hiperdisciplinado que cortó los circuitos de Jude Bellingham y aisló por completo a Harry Kane. Lo del capitán fue preocupante: firmó apenas 19 toques en todo el partido, su cifra más baja jugando los 90 minutos en un gran torneo. Daba impotencia verlo pelear solo contra tres centrales africanos. Para colmo, el primer tiempo terminó sin un solo tiro al arco por bando, un reflejo del atasco táctico que sufrimos.

Un cierre de locos y el error imperdonable de Kane
En el complemento, Thomas Tuchel movió la pizarra buscando velocidad con los ingresos de Bukayo Saka y Marcus Rashford, pero se encaprichó en dejar a Kane en la cancha, condenando a Ollie Watkins e Ivan Toney a quedarse en el banquillo. A pesar del desorden y del tremendo susto que el ghanés Prince Adu le dió a "The Three Lions" en una contra que salvó Semenyo, el final del partido fue un monólogo de puros nervios y empuje.
El milagro estuvo a punto de caer en el minuto 87 en una doble ocasión que todavía no se puede creer:
- Nico O'Reilly sacó un bombazo brutal que el portero Asare desvió milagrosamente y terminó estrellándose en el travesaño.
- El rebote, limpio y manso, le quedó a Harry Kane en el corazón del área pequeña.
- Con el arco totalmente a su merced y el portero batido, el "killer" la mandó inexplicablemente por encima del larguero.
¿Hay que encender las alarmas?
Tampoco hay que entrar en pánico. Inglaterra sigue en la cima del Grupo L con 4 puntos, empatados con los ghaneses, y la clasificación a dieciseisavos se definirá en la última fecha contra Panamá. Pero este partido nos deja una lección clarísima: contra bloques profundamente cerrados, la posesión sin profundidad es puro humo. A Tuchel le toca idear un plan B de inmediato si no quiere que la ilusión mundialista se quede, otra vez, en un amargo intento.
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