Racing volvió a ser Racing: una noche copera para saldar deudas y despejar fantasmas

La Academia recuperó identidad, carácter y mística en el Cilindro, mientras que River mostró una versión apagada, sin reacción y con un Gallardo cada vez más discutido puertas adentro.
Santiago Sosa, la figura de la noche de Avellaneda. Foto: EFE.

Una victoria que Racing tenía pendiente consigo mismo: la necesitaban Costas, el plantel y también esa gente que convierte al Cilindro en un escenario casi mágico cada vez que la Academia se juega algo importante. La eliminación de la Copa Libertadores había dejado un sabor amargo: la sensación de que no daba para más, que el grupo era limitado y que el mercado de pases había sido un desastre.

Costas también cargaba con esa deuda, porque fue criticado como técnico y, especialmente, minimizado en el aspecto táctico. Y el plantel no se quedaba atrás: cada vez que se mencionaba que nadie había logrado reemplazar a figuras como Salas, se apuntaba de manera indirecta a los jugadores actuales, como si no estuvieran a la altura.

En las tribunas, la hinchada volvió a encontrarse con ese equipo copero, el de los milagros, el del carácter, el que jamás baja los brazos. Ese que no se rinde y por eso termina encontrando la recompensa al final del camino. Ese es el mensaje que impulsa Costas, aunque en los últimos meses, tras el bajón post Flamengo, ese espíritu no se veía reflejado en la cancha. Del otro lado, el rival que quedó tirado en la lona también arrastra el conflicto con su propio DT. A veces da la impresión de que Marcelo Gallardo está por encima de River, y se debate una continuidad que, puertas adentro del club, ya está definida.

Por eso en River asoma la necesidad de una limpieza grande del plantel y de un mensaje nuevo. Ese desgaste termina salpicando al cuerpo técnico actual: un equipo sin reacción, sin rebeldía, que parece digerir las derrotas como si nada, y que deja la sensación de que toda la responsabilidad recae en su estratega. Todo eso quedó expuesto anoche en Avellaneda.

La escena del último gol lo dice todo: jugadores entregados, con los brazos caídos y en el piso, antes de que el árbitro siquiera marcara el final.