Pierce Egan, periodista y estudioso del boxeo en sus orígenes, fue el primero en describir públicamente al pugilismo como algo más que un intercambio de mandobles y fuerza bruta sobre un cuadrilátero. Egan advirtió que para golpear sin ser golpeado se requería un conjunto de habilidades estrechamente ligadas a la intuición, el pensamiento estratégico y el atleticismo. A partir de esa lectura, se animó a bautizar al boxeo como “la dulce ciencia de la contusión”. Sin saberlo, Egan estaba escribiendo de manera premonitoria sobre Shakur Stevenson.
El sábado por la noche, con un despliegue técnico y estético frente a Teófimo López, Stevenson aceptó el desafío que, tácitamente, le imponían los expertos del ring: asumir el trono del intocable que dejó vacante Terence “Bud” Crawford tras su retiro. La forma en que desmanteló el arsenal de López —tan eficaz en su momento ante Vasyl Lomachenko— asombró al mundo del deporte, no por la posibilidad de hacerlo, sino por la naturalidad con la que neutralizó a un rival peligroso. La victoria le permitió conquistar el título superligero de la OMB y consagrarse campeón en cuatro divisiones distintas. Stevenson parece haber alcanzado esa alquimia perfecta que convierte a los estilistas en peleadores de élite.
En el horizonte aparece el inglés Conor Benn, hijo del legendario Nigel, decidido a cruzar el Atlántico para intentar derribar lo que Stevenson ha construido con paciencia y precisión. Por ahora, cuesta imaginar a alguien capaz de derrotarlo. Su estilo es tan elusivo como certero, tan frío como efectivo. Todo indica que Shakur ha llegado para quedarse en la cima. Su invicto y la autoridad de sus triunfos invitan a pensar en grande. El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra.
